Hay realidades que no necesitan ser explicadas: se imponen.
Se ven. Se sienten. Se recorren.
La vivienda deshabitada es una de ellas. Pero hay una realidad aún más profunda, más silenciosa e incómoda: la deshabitación.No como dato, sino como síntoma. No como cifra, sino como fractura.Es la ciudad que pierde su pulso en ciertos rincones mientras lo acelera en otros.Es la paradoja de un país donde millones buscan vivienda, mientras millonesde viviendas permanecen —vacías— en espera de ser habitadas.
Estas ausencias no son neutras. Se llenan de significados. A veces de deterioro,de abandono y de olvido. Otras, de especulación, de cálculo o de indiferencia.En todos los casos, revelan una ruptura más profunda: la dislocaciónentre las personas y el espacio que habitan. Como bien plantean los autores, la deshabitación no es solo un estado físico; es, sobre todo, una condición relacional.
Este Atlas no se limita a visibilizar un problema: lo sitúa en su complejidad.Lo recorre desde múltiples dimensiones —económica, social, política y territorial—recordándonos que la ciudad no se construye únicamente con materia, sino con decisiones. Decisiones individuales y colectivas que, acumuladas,terminan por configurar su forma, su funcionamiento y sus contradicciones.